LA LUZ ENCOFRADA

(Epílogo a la siesta de un fauno)


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[Para el libro de fotografías de cámaras obscuras en búnkeres de Asier Gogorza]


El concepto de la defensa es el rechazo; en este rechazo se incluye la espera, y esta espera es para nosotros la principal característica de la defensa y a la vez su ventaja principal. Pero igual que la defensa en la guerra no puede ser mero sufrir, tampoco la espera puede ser absoluta [...]”

Carl Von Clausewitz (1832) De la guerra.


Mirad un rayo de sol. La más inmóvil de las fuerzas inmóviles. Tiene una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo. Observad nuestro firmamento estelar que el rayo atraviesa... ¿Qué son nuestros depósitos comparados con los del universo? ¿Qué son nuestros trenes terrestres comparados con los veloces trenes de las galaxias? […] la vida no espera; las generaciones no cesan de crecer, y nosotros, que sucedemos a los que entraron en la historia y poseemos los resultados de sus experiencias, sus errores y sus éxitos, después de años de experiencias semejantes a siglos, proclamamos: […]”

Naum Gabo (1920) Manifiesto del realismo.



Parece que hemos esperado demasiado tiempo ya en demasiadas cosas que nos afectan directamente, aunque con trayectoria oblicua. Algunos silencios defensivamente cultivados durante largos años nos han dejado de servir; más bien, al contrario, parecen estar en la causa de este malestar nuestro tan generalizado. Hemos rechazado y seguimos rechazando como extrañas muchas experiencias de quienes nos precedieron y, transitivamente, muchas de nuestras propias experiencias. Cuando me ofreces la posibilidad de escribir sobre este tema, Asier, me entusiasmo. Y no tanto por el placer que siento al ver tus fotografías proyectadas sobre el hormigón de los búnkeres, sino por la oportunidad que se me presenta para hablar sobre algunas cosas que necesitamos volver a traer a la luz ahora, seguramente más que nunca. Igual que la luz de tus cámaras oscuras quiero abrir un punto minúsculo en el texto que proyecte la imagen de alguna zona sombría de nuestro paisaje psíquico colectivo. Pero esa luz se abre camino en el interior de una bóveda húmeda y oscura, y solo es en la resistencia que esta oscuridad ofrece que el chorro de luz puede aparecer como tal, como un rayo en apertura cónica bien definido, como un pequeño hilo blanco en estas tinieblas sexagenarias. Porque hay también una oscuridad sexagenaria sobre la que debería penetrar algo de luz, aunque fuera polvorienta.


Y es que hay cosas de las que todavía hoy no podemos hablar con entera libertad, cosas que se resisten a abandonar esa oscuridad densa en la que se alojan. Parecen necesitar, al menos, que el ambiente retórico vaya cambiando, que los músculos de las diferentes manos que amenazan con golpear se relajen un poco. Y aunque parece que algunas cosas empiezan a cambiar (son muchas las noticias ilusionantes en éstos tres últimos años), es aun hostil el ambiente este en el que vivimos. Yo cada vez que cruzo Gipuzkoa en coche, cuando voy acercándome con velocidad a esa frontera sangrante del Bidasoa, me conmuevo, me emociono y, a veces, hasta me entristezco un poco. Si uno atiende bien, si lo hace como un cirujano cuando interviene en un cuerpo vivo que necesita ser curado, puede descubrir en la faz visible del paisaje marcas que apuntan a lo invisible, a lo que se nos ha ido en el tiempo pero que nos determina todavía en este presente terrible que vivimos. Esas marcas se van borrando con la misma velocidad que si fueran de arena húmeda. Pero no se han ido del todo, aun persisten. Yo las veo en muros marginales con antiguas pintadas políticas, en agujeros de bala discretamente cubiertos de suciedad, en ramos de flores y placas, en pequeños monolitos que son atacados, censurados o prohibidos y en viejas cabinas de control en la cuneta de la carretera antigua del río. Pero lo veo sobre todo en esos pequeños ojos del paisaje que son los búnkeres, búnkeres que ya pasan inadvertidos entre la bruma densa, cubiertos de tierra y a menudo de maleza.



fotos: 9cDR


I

Mientras escribo me viene a la cabeza un episodio bastante reciente que nosotros vivimos con mucha pasión. Fue hace unos cinco años. Una tarde triste y lluviosa de esas a las que ya estamos tan hechos, vamos en un viejo ford fiesta blanco dirección Hondarribia. La lluvia ha parado casi por completo pero el cielo sigue siendo como de una densa y helada negrura. Los verdes saturados del paisaje se cubren con una nube que baja del cielo con gravedad, tan lenta como el aburrimiento. Dejamos el limpiaparabrisas funcionando por las insistentes salpicaduras del cristal. Vamos acercándonos desde Errenteria al alto de Gaintxurizketa donde están empezando las obras de lo que será la nueva carretera. Les comento a Carlos Arruti y a Mikel Arbiza1 la emoción que me produce este alto cada vez que lo cruzo y nos muestra desde su posición privilegiada la ciudad de Irun. A lo lejos está el monte Larrun y a nuestra derecha se elevan las Peñas de Aia. Llegamos al alto y nos detenemos al lado de las excavadoras que, paradas en domingo, parecen descansar del trabajo de toda una vida. Nos manchamos los pies con el barro que lo cubre todo. En el terreno (que pertenece a diferentes caseríos) ha aparecido por sorpresa un conjunto de búnkeres y túneles, según parece2, de cuando la Guerra Civil. La noticia ha tenido eco en periódicos y televisión. El hallazgo parece ser un problema añadido a una obra civil que consideran estratégica. En seguida han empezado las conversaciones entre la administración foral, gobierno vasco y gobierno central. Uno de los problemas con los búnkeres es que, aun a pesar de estar en terrenos particulares, son todavía hoy propiedad del ejercito y, este, desde su posición de poder y celosa autonomía, tiene la última palabra sobre el futuro del enclave. La noticia nos ha puesto nerviosos, nos ha puesto en alerta a quienes queremos explorar este pasado tan cercano como silenciado, a quienes nos inquietamos con tanto misterio y tantas preguntas sin respuesta sobre aquella época de guerra abierta. Y hemos venido como con una urgencia rara; nos parece muy importante explorarlos antes de que los derriben.


Nos acercamos al búnker más cercano al lugar donde hemos aparcado el coche. Sus ojos sobresalen claramente aunque sigue estando muy enterrado. Entramos por la ranura del cañón de artillería. Tenemos una fuerte experiencia sensorial: la temperatura, el olor, el sonido y la luz nos afectan más que cualquier obra de arte, como en una cripta embrujada. Bajamos unas pequeñas escaleras que terminan por no dar a ningún sitio; un desplome de tierra impide seguir el camino que, originariamente y antes de iniciarse la construcción de la carretera, formaba al parecer un subterráneo que comunicaba con el otro lado. Decidimos cruzar a ese otro lado por arriba salvando el lento tráfico de triste domingo. Una vez allí rastreamos como perros de caza sin localizar a primera vista ningún búnker ni nido de ametralladora. Exploramos un rato la cuneta disimulando ante los pocos coches que pasan. Entonces, en uno de los laterales cortados al monte por las excavadoras, descubrimos un pequeño agujero que baja de lleno a las entrañas de la tierra. Es muy estrecho y muy bajo. Después de varios intentos y con la ayuda de una pequeña linterna entramos en el túnel. Es tan estrecho que únicamente cabe una persona seguida en fila india por las demás. El tránsito es agobiante, pero después de unos minutos nos acomodamos psíquicamente al espacio. A escasos metros de la entrada llegamos a una bifurcación. La orografía del sitio nos hace intuir que el camino de la derecha no da a ningún lugar y que el de la izquierda profundiza más en las entrañas del monte. Avanzamos nerviosos movidos por sentimientos de ligera claustrofobia y misterio. No hay pintadas ni restos y parece que nadie hubiera pasado por allí antes. No al menos como ocurre en los tramos del “Cinturón de Hierro” en torno a Bilbao que, por estar en zonas muy urbanas, han sido descubiertos y transitados para diferentes usos lúdicos desde al menos los años setenta. Aquí, sin embargo, la sensación es más parecida a la de un explorador que accede al interior de una antigua pirámide con la conciencia de estar descubriendo algo importante. Aunque no sepa el qué. Una enorme mente dormida que empezara a despertar con nuestra presencia. El epílogo a la siesta de un fauno.3


Avanzamos con la sola luz de la linterna en la mano y en un silencio anómalo. Después de un tramo largo y monótono llegamos a otro cruce de caminos subterráneos. Por la derecha entran unos finísimos rayos de luz, por la izquierda se accede a una oscuridad casi absoluta y, de frente, el túnel se ensancha más del triple y empieza a descender suavemente hacia lo que podría ser una salida. Hemos avanzado ya unos cuarenta metros pero con la sensación de haber cruzado un pasaje sin tiempo. Giramos hacia la izquierda, hacia donde los pasillos absorben con mayor fuerza la poquísima luz que pudiera quedar; queremos penetrar esa oscuridad misteriosa, queremos llegar al fondo de este laberinto histórico en un viaje que empieza a ser más psíquico que espacial. Alcanzamos algo que podrían ser barracones para soldados o almacenes de munición. El camino se cierra definitivamente. Nos quedamos en silencio y apagamos la linterna. Escuchamos un rato el eco que resuena de las gotas. Especulamos sobre los posibles usos de esta arquitectura bélica y jugando a ponernos en la mente de quienes diseñaron y construyeron este laberinto, regresamos como en un precario psicoanálisis colectivo a algunos recuerdos de nuestros abuelos. A la par que en la regresión nos van brotando narraciones íntimas, retrocedemos lentamente hasta la encrucijada anterior y, de allí, hacia la salida que da al claro de un bosque al que salimos a respirar como al final de una larga apnea. Cruzar los túneles nos ha despertado la memoria, nos ha activado la curiosidad y nos ha llevado directamente a una época reciente que teníamos olvidada. Después de un buen rato allí, volvemos al túnel y recorremos el mismo camino pero a la inversa, esta vez directos a la puerta de salida. Vamos saliendo de uno en uno apareciendo como espectros embarrados en la cuneta de la carretera. A unos cien metros de donde estamos hay montado un control antiterrorista de la Policía Nacional.



II

A principios de los años cuarenta, el ejercito del régimen llama a mi abuelo materno a cumplir el servicio militar. Lo mandan al cuartel de Loiola, en Donosti. La situación política del momento es realmente trágica. Son los años de la posguerra y la memoria es como una herida fresca y bien abierta. Tan fresca que no es siquiera memoria, sino, más bien, un doloroso presente que no ha parado todavía de sangrar. Todos han vivido la guerra, todos la conocen al detalle. El miedo está a la orden del día y la atmósfera es la de la amenaza; como si la gente cruzara en pequeños grupos un bosque de sombras alimentado con rumores, un bosque cuyo tránsito se hace en silencio y con la atención neurótica de quien espera ser asaltado con violencia en cualquier momento. Mi abuelo había nacido en una familia de marmolistas que, en Derio, se había dedicado durante dos generaciones a la construcción de panteones y tumbas. Conocía el oficio de la arquitectura fúnebre, conocía bien la piedra y había tenido la oportunidad de estudiar algo en diferentes academias de Bilbao. Sabia, sobre todo, proyectar y delinear. Cumple sus dos primeros años de servicio como un soldado más en aquella atmósfera traumática donde cada día les recuerdan que deben estar preparados para defender “su país”. El gobierno golpista teme un ataque de la Europa aliada en esos primeros momentos antes de los acuerdos con Estados Unidos. Tras dos años de soldado raso, le cambian repentinamente de función para el resto de su servicio. Ya no será más un soldado ordinario teniendo que desempeñar diferentes labores como delineante en “proyectos especiales”. Entre las múltiples tareas que le encomiendan hay una de especial importancia. Se trata de un secreto militar que en ese momento nadie puede conocer bajo ninguna circunstancia. Trabaja durante meses para un plan defensivo y secreto. Se trata de recorrer Gipuzkoa y partes del norte de Navarra localizando puntos estratégicos en el paisaje: medios de comunicación (carreteras, puentes, líneas de ferrocarril...), espacios de enfrentamiento, posiciones de fuerza... Tienen que situarlos en un mapa que van trazando con paciencia, anotar las características de cada punto y ponerlos todos en relación a un plan que les viene de arriba. El objetivo es dominar el espacio. Levantar un mapa detallado de los puntos débiles y fuertes de la zona.


Gipuzkoa y Navarra forman entonces una zona realmente especial y de interés prioritario. Ambas provincias conforman uno de los accesos estratégicos a España desde Francia y el resto de Europa. Es una de las llaves del país para el enemigo; en caso de invasión aliada las tropas de tierra intentarían abrir esa puerta de Gipuzkoa-Navarra para entrar al resto del estado. Además está el maquis y todos los que se han echado al monte que también merodean por la zona. En contra de la creencia mayoritaria, es en estos mismos años (y no en los del enfrentamiento 36-39) cuando empieza a levantarse con mucha prisa casi la mayoría del tejido de búnkeres y túneles en la zona del Bidasoa, en Oiartzun y también en Gaintxurizketa. El día de la intrusión que acabo de narrar, habíamos jugado a ponernos en la mente de quienes vivieron y participaron en todo aquello y resultaba de pronto ser que mi propio abuelo materno había colaborado delineando y proyectando una parte de todo aquello. Hablo con él, le pregunto, le escucho atento. El momento es realmente intenso, los soldados obligados a trabajar en la construcción de este entramado son mayoritariamente prisioneros de guerra: vascos, catalanes, valencianos.... Aprenden a convivir con el terror a una nueva guerra y esa misma posibilidad les da también la esperanza de que se haga justicia.


El significado de esos puntos marcados en el mapa por mi abuelo, esas zanjas y nidos escarbados y precariamente encofradas en las crestas de los montes son algo realmente serio en aquel momento. Son un presagio de muerte. El miedo que les metieron en el cuerpo, a los soldados y a los esclavos, fue inmenso. Sólo a edad muy avanzada empezó a hablar del tema. Sólo cruzando ya sus 80 años4 comenzó a hablar de estos recuerdos sin vigilar tanto sus palabras. Pero seguía sin hacerlo con la tranquilidad con la que hablaba de cualquier otra cosa, había algo como de temor a violar el secreto de alguien con mucho poder. Seguía habiendo un temor del que se defendía ofreciendo resistencia. Las amenazas capaces de blindar así la memoria debieron ser terribles: claramente amenazas de muerte. Ya con noventa años volvimos a hablar del tema. Yo trataba de explicarle la importancia de esos recuerdos, la importancia de que nuestra generación pudiera contar con esa clase de recuerdos vivos (y que jamas me llegó a contar en detalle). Se enfadaba como yo nunca le había visto, tanto que tuvimos en más de una ocasión que dejar de hablar momentáneamente del tema. Cambiábamos a menudo de conversación cada vez que trataba yo que me contara más historias sobre todo este asunto. Siguió temiendo a los militares hasta su muerte.




III

En el año 2010, después de muchas conversaciones sobre el tema de los búnkeres en Euskal Herria, un grupo de amigos decidimos acercarnos a Iparralde a explorar las construcciones de la Muralla Atlántica5. Lo que más nos intriga son las diferencias constructivas de estas arquitecturas de guerra entre el lado francés y el lado español. Cubierto bajo el barro y el musgo, persiste una secuencia de marcas que va borrándose muy despacio. Partiendo desde el Bidasoa (cicatriz fluvial que separa los dos estados) queremos observar sobre el terreno las diferencias constructivas entre el modelo franquista de posguerra y el Nazi de Iparralde y, de paso, retomar un tiempo después las conversaciones sobre las guerras modernas en nuestro país. Nos citamos en la estación de trenes de Hendaia. Es otra vez un día lluvioso y frío. Nos acercamos a la playa de la costa derecha de la ría de Baiona desde donde iremos retrocediendo por la cornisa hasta regresar de nuevo a Hendaia. La playa está completamente vacía. Cercándola, los troncos talados de la industria maderera se apilan en el límite interior de la arena y las fábricas que limitan con el mar todavía mantienen un vallado de hormigón posiblemente alemán. La mayoría de búnkeres están destruidos como si hubieran sido bombardeados, la acción del mar se nota en la erosión de la piel del hormigón y en las mallas de acero oxidado que sobresalen. El diseño y la calidad constructiva son aquí completamente distintos; son el producto de un país mucho más avanzado y poderoso industrial y técnicamente. La calidad del hormigón es otra, la disposición de las baterías en el paisaje refleja su eficacia y mucha inteligencia técnica y organizativa. Recorremos el camino a la inversa, dirección Hendaia, mientras seguimos estas arquitecturas tan modernas y tan terribles como bellas. Vamos siguiendo el camino de la costa con paradas puntuales en miradores y atalayas. Los puntos que fijan en el litoral marcan también puntos privilegiados de observación panorámica. Jugamos a pensar que en vez de una linea defensiva de guerra se tratase de un moderno proyecto de arquitectura para la contemplación del paisaje. No dejamos de pensar y sorprendernos por el doble filo de estas arquitecturas con vocación de dominio visual. Escribe Carlos Arruti tras la excursión que:


A la vez hoy sin la ansiedad del vigía en busca de conflicto, estas construcciones nacidas brutalistas, que no brutas, ponen en valor el panorama, dotándole de una posibilidad de contemplación activa de la posibilidad misma de ser-paisaje. Sus evocadoras curvas, a diferencia de las sensuales curvas de los paquebotes de los CIAM, nacen para contrarrestar los impactos de los proyectiles de manera funcional, al igual que en las construcciones palafíticas neolíticas, los acueductos, …, donde la forma rige la función y sin embargo diría que no son estrictamente arquitecturas funcionales aunque exista una estrecha relación entre la forma y la función, o tal vez todas lo sean. Los Blockhaus son, sin pretenderlo de manera rupturista, los abuelos del brutalismo, de esa ramificación del movimiento moderno más bien ética que estética, por su renuncia a los mismos convencionalismos estéticos, que suelen imperar el diseño arquitectónico. Son brutalistas por su libre exhibición de los materiales donde las caras del hormigón se dejan intactas como salen de los encofrados de tablilla de pino que sirven para su moldeo, tomando las improntas de ellas, la propia función decorativa. Los Blockhaus son abuelos brutalistas porque su composición se basa íntimamente en la topografía del terreno y en la topología de sus comunicaciones internas. Son un óculo perfecto para la observación y dominio del panorama que les rodea, y si les hiciésemos una campimetría de confrontación veríamos que gozan de ángulos de visión adecuadísimos y en general una buena salud.”


Y es que es alucinante observar los diferentes usos privados y domésticos que se han hecho de estos búnkeres en la parte francesa. La mayoría de ellos están situados en terrenos rurales donde se han empleado como almacenes de material o ganado. Pero hay algunos casos mucho más sofisticados. Al borde de unos acantilados en las afueras de San Juan de Luz encontramos un conjunto de búnkeres que han sido replanteados y rehabilitados en una especie de chalet modular futurista. El resultado es como si realmente hubieran sido proyectados en origen de esa manera, desde una concepción muy moderna del diseño espacial. Cada vez que alcanzamos uno de los búnkeres nos detenemos como el excursionista que hace una parada en la ascensión, se gira y contempla el panorama. Miramos el mar, la costa labortana que se prolonga a nuestra derecha hacia el norte de Francia, y la costa de la parte gipuzkoana que, a nuestra izquierda y más al sur, nos señalan otro mundo y otra historia. Hablamos de historia y proyectamos futuro en un mismo flujo de conversación situada en el paisaje, nos detenemos en los nidos de armas que en este día lluvioso funcionan para nosotros como capillas abandonadas donde quedarnos en silencio y suspender la mirada en el horizonte encuadrado rectangularmente. Entramos a los diferentes búnkeres bajando la voz como si fueran ermitas rurales. Puede uno encontrar el sosiego allá.




IV

Son preciosos el silencio y la sensación de protección que se siente al entrar a la mayoría de esos búnkeres hoy. Especialmente en los más pequeñitos y camuflados que hay en tu zona de Bera. Contrasta mucho con la imagen de los ruidos de las guerras para los que fueron construidos. Entrando a esos espacios, pasando allá dentro los largos ratos que requiere tu cámara para registrar la luz, imagino que será como un tiempo de meditación; mirando a cámara lenta la fotografía de un paisaje panza arriba, aislado, en silencio y en soledad. Mirando casi el mismo paisaje que fuera la panorámica en la que otros tuvieron que disparar. La guerra hoy suena y arde lejos de casa, pero todavía son esas panorámicas marcos virtuales de combate. La costumbre al espectáculo de la violencia televisada nos produce la ilusión de que el conflicto y la violencia estuvieran lejos. Pero sigue habiendo hoy entre nosotros memoria oculta bajo los escombros que en ocasiones se abre como una grieta o sale de pronto a flote. Como la de mi abuelo enterrada al final de su vida bajo ciertos miedos o la nuestra bajo las comodidades domesticas y la polución mediática que producen olvido. Sigue habiendo todavía cosas que necesitaríamos recordar pero de las que no solemos hablar o de las que se habla a menudo con mentiras o medias verdades. Los intereses en conflicto de las guerras suelen mantenerse incluso cuando callan las detonaciones, y el presente continuo en el que hemos caído es la ingrata negación de un futuro que, ya, ni siquiera sabemos imaginar.


En el Guernica todo es oscuridad y lo que alcanzamos a ver es por un cono de luz que se abre desde una candela sujetada por un brazo que aparece desde la derecha. Yo veo tus fotografías en hormigón también como conos de luz en el paisaje que podrían ayudarnos a recordar poniendo todos los sentidos en juego. Gernika queda bajo los escombros aquella tarde, pero la memoria se encarga de recorrer dos generaciones enteras como la pólvora ardiendo con toda luz y detalles. Mi abuelo también fue testigo de lo de Gernika. Vieron pasar durante horas aviones, vieron el humo, y escucharon el estruendo desde el valle del Txorierri. A mi madre en el colegio le contaron un día las monjas que Gernika fue devastada por los Gudaris. Llegó a casa y repitió con toda su inocencia lo que había escuchado. Mi abuelo la coge, la agita, levanta la voz y le dice que eso es mentira. Que tras el crimen de Gernika estaba Franco, que fuera a clase y les dijera de su parte eso a las monjas, que en su casa no se iban a contar aquellas mentiras a sus hijas. Con su zarandeo y la seriedad de su tono, la voz de mi abuelo es el mismo cono de luz que parte el cuadro con un triángulo desde arriba.



Loty Negarti

Noviembre 2014

Dominio Público : http://gabone.info


1. Compañeros íntimos de secretas aventuras. Durante los años que van, aproximadamente, desde el 2003 al 2007, Mikel, Carlos y otrxs amigxs formamos algo así como una fraternidad de exploradores amateur. Fueron años de intrusismo lúdico y excursiones extraordinarias. Eramos los Goonies en la ciudad desnuda.

2. Tiempo después llegaríamos a saber que todo este entramado fue construido en los años inmediatamente posteriores a la guerra y no durante la misma.

3. Parece ser que la entrada no se ha hecho visible hasta que las excavadoras la han descubierto a la apertura del cielo. Pero sabemos que los vecinos de los caseríos de la zona conocen estos túneles desde siempre, que los han utilizado para almacenar herramientas, animales y otras cosas. Seguramente, también, para resolver conflictos que han permanecido junto a esa vasta colección de secretos celosamente guardados por las familias rurales.   

4. Queriendo responder a mi interés y mi curiosidad. Porque nosostrxs habíamos empezado con estas y otras exploraciones a pensar, investigar y conocer algunos sucesos. No eran tanto las grandes batallas ni los grandes párrafos de la Historia lo que nos interesaba. Nuestras preocupaciones partían del terreno, de las conversaciones in situ y de los testimonios de personas vivas. Los rumores, las leyendas, los pies de foto de los archivos históricos nos interesaban tanto o más que el resumen historiográfico. Por eso la coincidencia del testimonio de mi abuelo con uno de nuestros más recientes merodeos me resultaba tan inquietante.

5. En Hendaia comienza la Muralla Atlántica que hasta el norte de Noruega fue construida por los Nazis con el objetivo de defender la costa occidental de Europa ocupada: “Atlantikwall en alemán. Gran cadena de puntos de refuerzo ininterrumpida construida durante la II Guerra Mundial por la Alemania Nazi y que tenía como misión impedir una invasión del continente europeo desde Gran Bretaña por parte de los Aliados. La edificación de este gigantesco proyecto se confió en 1942 a la Organización Todt. Con un alto coste se dotó a la zona costera (desde la localidad vasca de Hendaia hasta Ørland) bajo control alemán de todo tipo de búnkeres, y demás estructuras defensivas, que en total sumarían en torno a 15 000 edificios, requiriendo el uso de 11 millones de toneladas de hormigón y 1 millón de toneladas de acero” De Wikipedia


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