i n c o n s t a b l e (como prólogo del disco de poesía Lancemos, irresponsables, los dados Hamaika08-PidginIII)                                                                                                                                          
                                                                                                                      imagen de constable                                    

Recuerdo de niño cuando se despertó en mí el interes por las obras de arte; o por esos objetos hechos sin intención funcional y para provocar en el corazón sentimientos de aventura y pasiones similares. Tendría muy pocos años. Mis graves problemas de atención me impedían concentrarme en lo que en clase se decía. Yo escapaba entonces por la ventana, despegaba el vuelo para generalmente sufrir un violento  retorno, desagradable o traumático, chocando con personas enfadadas, caprichosamente autoritarias encargadas de nuestra educación...
Recuerdo como  un día pasó algo excepcional para mí. Lo que en clase estaba ocurriendo despertó, por vez primera, mayor interes que aquél otro mundo familiar intimo mío que encontraba volando tras la ventana, escapando montado sobre la desvocada imaginación de una persona recien venida a este mundo todavía. (Mundo que termina siempre por decapitar al niño para hacerlo digno del nombre de "Hombre").
Estábamos en clase de Arte. Una de esas clases de tipo infantil. La profesora (de origen ingles recuerdo) nos hablaba entusiasmada de la pintura romántica inglesa. Eso siempre despues de habernos insistido hasta la saciedad sobre el valor del arte en la cultura y sobre su papel en la trasformación de cada época social. Y como ejemplo de lo que otrora fuera ese fenómeno del romanticismo ingles nos hablaba entusiasmada de un pintor apellidado Constable, del que ni yo ni el resto de niños nada sabíamos. Según nos hablaba de su época, según nos narraba las andanzas desde su nacimiento, durante su crecimiento y hasta el fin de sus días, iba enseñándonos intercaladamente imágenes de sus obras. Recuerdo que era otoño. Un plomizo otoño que venía a refrescar el paisaje verde lleno de bosque en el que estaba hundida como un hongo nuestra pequeña escuela. El holor se incrustaba por mis narices cuando salíamos a la calle, la humedad se hacía notar sutilmente en las partes del cuerpo descuidadamente destapadas. El paisaje se cerraba a lo lejos, en un cierre horizontalmente difuso, con formas de ramas, prados y cielo. Estábamos en clase despues de uno de aquellos recreos, el verano parecía haberse borrado de pronto junto con toda su memoria y vivíamos ya inmersos ese estado de caída esperanzadoramente vigorosa que es el otoño. El caso es que de pronto, mi esquiva y clandestina atención fue secuestrada por una de aquellas imágenes de pinturas que intermitentemente con su discurso iba enseñando. Era un paisaje otoñal, gris, melancólico y profundo. Un río de forma irregular entregaba sus aguas a un grupito de personas de todas las edades que hablaban a su vera. Un gran sauce llorón hundía las deprimidas ramas en vertical hacia el agua calmada. Un cielo de claroscuro con nubes plagadas de matices desde el negro más avismal hasta el blanco más lechoso y de retorcidas formas curvas y abruptas. Nada especial parecía estar sucediendo. Una estampa casi costumbrista de personas como en una situación indiferente. Aquello era lo que me atraía precisamente. La aparente ausencia de nada importante, su sutil vacío envuelto en una triste melancolía de trabajadores descansando un momento cualquiera entre labor y labor para fumar un poco de tabaco y conversar sobre todo lo que por delante quedaba por hacer. Esa imagen que de pronto acaparó todo mi mundo, que consiguió apartarme del fantasioso y liberador paisaje de la ventana, contenía para ofrecerme precisamente todo lo que yo buscaba más alla del patio, al fondo en aquellos perdidos árboles. El azar hizo que estuvieramos en otoño, y que aquella imagen llegara a mí distraida retina de oídos sordos con tal virulencia.
La cuestión es que después iba sacando una tras otra, en cadena, similares pinturas del mismo pintor. Todas ellas parecidas, y yo diría que prácticamente la misma pero con pequeñas variaciones. En una un perro ladraba junto a un carro, en otra sólo aparecían mujeres, en otra trabajadores... etc. Pero todas ellas hablaban de lo mismo y recreaban un oscuro mundo del corazón, los sutiles dolores que un niño cualquiera podría experimentar más de cien años despues.
Durante mucho tiempo aquellas imágenes vivieron en mí, me sentí acompañado por ellas en los momentos más tristes y amargos. Fué durante años -e incluso hoy día- como si yo mismo hubiera vivido aquellas situaciones, como si hubiera estado yo en otro tiempo dentro del cuadro.
Pero a lo que quiero llegar es a algo que me ocurrió años despues de vivir con aquellas imágenes dentro tan felizmente. Ocurrió que, un día, tuve la ocasión de visitar la Tate Galery de Londres. Había olvidado casi ya a Constable y paseaba descuidado sin demasiados prejuicios ni conocimientos sobre la colección del centro. Tras salas y salas de la excelente pinacoteca británica de pronto apareció ante mí una pintura extraña que me obligó a detenerme. Encontraba algo familiar a la vez que extraño en ella. Familiar porque tenía la fuerte sensación de conocer aquella obra. Como esto es algo que ocurre muy a menudo no le di importancia y seguí mirandola con detalle. Pasé a leer los créditos de la obra y cual fue mi sorpresa al descubir que se trataba de una pintura de Constable. Al lector le estará pareciendo todo este relato una trivialidad. Pero permitid que me explique mejor. Aquel cuadro pintado original y auténtico (valorado por el mercado y protegido por el museo) no me producía casi nada. Había vivido parte de la infancia y la adolescencia con aquellas imágenes en la retina, trayéndolas en cada ocasión y ahora tenía ante mis narices un original que no me producía nada. Entonces descubrí que lo que yo había visto no eran las obras del autor, sino sus reproducciones reducidas en tamaño y calidad de una xeroxcopia oscura y deformada de finales de los 80. Lo que a mí realmente me fascinaba y removía por dentro eran las pinturas de Constable pasadas por el filtro de la fotocopia, oscurecidas, deprimidas.


alguien de gatza