LA VOZ ENCERRADA EN EL POEMAi

Tienes en las manos un libro que es como un pequeño animal salvaje que no puedes retener. Palpas su lomo, notas cómo se retuerce y sientes toda su energía que se libera. Entusiasma esa liberación, te contagia y tú también te conviertes en otro algo aún desconocido. Estás ante el espejo líquido del poema, ante el libro de bestias de un poeta joven, donde cada página ha sido sangrada y se te ofrecen todas juntas ahora como puertas en remolino. Poemario ya en el tiempo de todos quienes no pudimos vivir su brutal nacimiento, pero tenemos sus huellas, sus restos.

Unas palabras sólo antes de empezar. Hablo como contemporáneo y como compañero. Como testigo ante esta obra pongo aquí un testimonio.

Entramos en escasos minutos a un río de autentica poesía, el más fundamental de los géneros del arte. El más seminal, el más económico; el de consumo más moderado de recursos y mayor productividad. Hoy además el más libre de todos. Posiblemente ningún otro campo afecta tanto a la acción artística, como lo hace el poema. La poesía como taller primero para el arte, el poema como ‘laboratorio’ para experimentar y espacio de búsqueda (¿Qué buscamos en el arte?). Cualquiera de los otros ‘géneros’ está siempre ‘contaminado’ por ella o cruzado de poema más que por ninguno otro de los géneros. Todos los grandes movimientos artísticos de siglos pasados empiezan en el poema. Y digo ya aquí ‘poema’ y no ‘poesía’ porque esta última inunda toda producción artística en su transversalidad, pero aquél está sólo en las palabras puestas con intención y atención para la poesía. Nacimiento artístico siempre desde el poema, el poema manantial, el poema matriz de toda producción de 'obra estética'. Por eso quien está en el poema, quien logra dominarlo y se desvive en él será de los más aptos para el arte.

Somos lenguaje’, estamos hechos de lenguaje tanto como de agua. Crecemos en él, miramos desde allí y siempre volvemos a él. El lenguaje está socialmente regulado y socialmente creado en cada una de sus ocurrencias-idioma. Nos lo dan, lo tomamos y sin él difícilmente seríamos miembros sociales. Heredamos con él todo un universo simbólico y nos cargamos de historia desde el momento cero de tomarlo. Pero entonces ¿qué le queda al individuo? Quiero decir que si la estructura y el sistema del lenguaje vienen dados socialmente en la educación y es algo tan social, tan público, el individuo no puede aisladamente ‘inventar lenguaje’. No existen 'lenguajes privados'. ¿O sí? El lenguaje tiene más posibilidades de las que son aceptadas por la regulación orientada a la práctica. Hay unas reglas para comunicarnos pero después alguien puede llevar esas reglas a las consecuencias más extrañas. Y aunque no llegaríamos a la radicalidad exigida por un lenguaje privado ideal entiendo que, de alguna manera, la libertad que alguien puede ejercer en la poesía hoy nos acerca mucho a un campo comunicativamente hermético pero expresivamente muy rico e interesante. El lenguaje me permite hacer cosas distintas, más allá de las reglas del uso comunicativo. Los locos son un claro ejemplo de uso libre, de cómo tomar la lengua que la sociedad nos transmite y hacerla propia. Pero la hacen tan propia que se aíslan, se desconectan de los demás y se quedan solos. El otro reducto es la poesía. El poeta, como el loco levanta en una imaginativa tormenta un laberinto propio de palabras. Pero el poeta llega a los demás, mantiene el contacto. Sabe, debe y quiere volver a los demás el poeta.

En la historia de la poesía ha habido diferentes episodios y en la mayoría de ellos las reglas de aplicación eran tan estrictas como en otros usos del lenguaje. Métrica, rima y tema encauzaban todo intento por hacer poema. Pero hace poco (muy cerca de nosotros todavía) fueron apareciendo ‘los destructores’ que nos han liberado y hoy tenemos una libertad especial. Esta libertad ganada con sacrificio nos pone en riesgo de hermetismo, peligro de cerrarse a lo social el poeta y de desaparecer. Pero es el riesgo que hay que correr para encontrar nuevos paisajes, el precio del descubrimiento, de un nuevo mundo sorpresivo construido por el poeta. Y además el poeta tiene que saber volver, saber hacer el camino inverso volviendo al punto de partida con un perfume nuevo, con una conciencia distinta.

Sobre el arte nuevo y al arte actual, la relación con la poesía es fuerte. Pocos artistas tendrán tantas posibilidades de ejercer (de aprender y saber ejercer) su libertad como algunos poetas. Quienes han aprendido en el nivel del lenguaje a ser libres, a crear sus propios dominios expresivos, quienes han recorrido largamente y vivido los caminos de la semántica, de la sintaxis y de los usos tienen una conciencia nueva para empezar otra vez el camino, en otros campos de producción artística. O tal vez el de la vida.

Vayamos aquí cerca ahora, dentro de nuestro panorama, ¿Dónde están los poetas?, ¿los poetas vascos?, ¿quiénes son?, ¿qué dicen? La medida es clara, la relación es proporcional. Estos artistas del lenguaje son tan desoídos como libres para buscar. Los poetas vascos no euskerikos pasan bastante desapercibidos. Tenemos que aprovechar esto quienes sí estamos dispuestos a escucharlos, quienes queremos escuchar la palabra del poeta vivo de ahora con nosotros. ¿Cómo podría el silencio ser nunca tan amigo? nos dice Juan Manuel. Y es que el silencio que les rodea es muy grande. Escuchándolos con atención y respetando estas reglas de libertad en el arte podremos remover el fango de los tesoros desatendidos. Tesoros sólo para quienes se manchan las manos, la cara, el cuerpo. Para todo arte, toda obra, requiere de la palabra del artista. Y la palabra del artista es el poema. El poema que le nace de la urgencia, de la preocupación, del sufrimiento. Esa palabra requiere atención y fraternidad.

Ahora tenemos la oportunidad en estas páginas de escuchar la voz de un poeta nuestro. Una voz que, como ella misma nos dice, se encierra en el poema: mi voz se encierra en el poema. Y encerrada, como encerrado él en una habitación con las persianas bajadas, protegiéndose de la noche fría y húmeda, va amaneciendo, va levantándose hasta asomarse, y entonces sumido en el silencio. Amanece. Uría ejemplifica en estas páginas al hombre que entra en el poema, se encierra, vive temporadas largas allí y se abre finalmente al mundo con su voz nueva. Veo al hombre cargado, subyugado, sometido incluso a una vida que no es la suya. Ese hombre se esfuerza por tomar su vida, por hacer su vida. Y encuentra un camino (para él el mejor de los caminos) en el poema, en la palabra que es vivida intensamente hasta el dolor. Ese proceso es duro y lleno de sufrimiento, hay que levantarse contra las resistencias que impiden hacer el camino. Pero sabiendo que son las resistencias las que a un mismo tiempo lo hacen posible, como el aire permite al ave alzar el vuelo. Liberarse de las cargas y seguir adelante. Al final del proceso nace un hombre nuevo, un niño capaz para la vida que quizá no necesita ya el poema pero que ha nacido de él y le queda la grafía como memoria.

Descubre un camino en el poema que está en el lenguaje como en el lenguaje esta también el camino para la filosofía. Y es que en el plano de lo simbólico el lenguaje es el campo de batalla principal. El lenguaje se puede abordar de muchas maneras distintas, tiene diferentes planos. Uno es crítico y racional, pertenece a la filosofía, otro es emocional y expresivo y éste nos permite ejercer la libertad más allá. Es el plano de la poesía. El medio es la palabra, pero no la palabra rígida cohibida por los requisitos protocolarios de la comunicación, sino una palabra viva y liberada.

Porque hay una libertad muy grande en estas páginas, una libertad que multiplica la expresión hasta lo inesperado y que explota entre párrafos. Expresión por comunicación, estrujamiento que saca los jugos del verbo, del sinónimo, del adjetivo…Uría es un poeta vivo, un poeta entregado al contacto químico con el mundo que destila poema, que deja escapar tras de sí papeles grafiados como restos. Estamos ante una poesía que, en último término, remueve. Hay una exploración poética e incansable en su lenguaje pareja a otra exploración emocional más profunda.

Poco puedo decir sobre las etiquetas que empleará la crítica para referirse a este poemario. Sólo lo que no debe faltar en todo juicio: que es un lenguaje liberado del lastre y de todo lo innecesario. Todo lo que sobra no está, todo lo que está lo necesitaba el hombre-Uría. La poesía, como el arte en general bajo cualquiera de sus apariciones, sirve para transformar. Pero para transformarse a uno mismo (quien hace) primero y, sobre todo, a quien se está dejando los días al borde del papel. Este es nuestro caso aquí. Juan Manuel Uría es un verdadero poeta, vive la poesía antes y después del papel. Escritura sobre el empañado transitorio de los cristales, escritura que crece y crece él con ella pero en la corriente de este río, escritura al tiempo que hablo y camino. Escribir no es más que un paso en el proceso de transformarse en vida.

Me descubro ante una poesía, ante una escritura que no es la grafía final encerrada en un libro, sino escritura que se extiende antes y después del mismo, una poesía que en este papel rasgado con mi letra jura no materializarse.

Este libro es, además del testimonio de una escritura y la transformación, un libro sobre la transformación como tema. Hay una extraña narratividad en el libro, una sucesión de imágenes a veces casi irreconciliables, que van construyendo un clima, una expresión acumulativa que al final, en la última palabra, da nacimiento a un niño como resultado de tres periodos. Con títulos de clara inspiración nietzscheana, el hombre cargado se enfrenta en la poesía y consigue liberarse. El camello da paso a la furia del león que con sus garras destruye para finalmente nacer un nuevo niño para nueva vida. Me siento ante un mosaico en secuencia ordenada que se lee a golpes intermitentes, no en un continuo fluido sino en bloques seguidos de silencio. El silencio justo para respirar y pasar la página.

Nosotros sólo podemos escuchar, seguir la traza de su palabra. Esa misma que le lleva al origen pero siendo un niño nuevo que comienza otra vez. Y es que ahí está el sentido más profundo del arte, en todo nacimiento al final del recorrido, en la nueva conciencia que tiene que nacer. Acabo como empecé pero ahora soy otro. Acabo donde empecé pero dando todo un giro: he aprendido, he ganado y he abierto. Ahora atendamos al mapa de este proceso.


    A. Izagirre

    Octubre 2008, Donostia

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i (Prólogo al libro Transformaciones de Juan Manuel Uría, editorial Baile Del Sol)