A N T I M I L I T A R



    Una moral ilustrada


    “Sofisticadas armas de guerra presagian calamidad”

        Lao Tse


        El antimilitarismo es un movimiento con bastante arraigo en las corrientes sociales y juveniles de Europa. Hasta tal punto que muchos lo hemos asumido como una reivindicación necesaria y casi obligatoria. Es difícil comprender a alguien que se declare abiertamente militarista. Se produce un juego sutil en la comunicación cuando alguien pretende justificarlo. Y es porque el antimilitarismo lleva soterradamente una moral que aceptamos a nivel implícito y que es la que alimenta y mueve a quienes militan en los distintos grupos que realizan acciones de protesta y concienciación social contra los ejércitos. Aceptar el militarismo sin renunciar a esa moral es una tarea difícil y hay que ser prudente en la argumentación para salvarla al mismo tiempo que se justifica un orden militarizado. Por eso el juego verbal debe ser sutil. Esta moral podría sintetizarse en pocos puntos. Primero una idea de la sociedad y de sus relaciones internas fundamentadas en la autonomía de los individuos y de los grupos, de tal modo que las personas se basten a sí mismas para defender sus proyectos de vida, llevarlos adelante y consensuar con los demás acuerdos con arreglo exclusivo a sus capacidades humanas (cognoscitivas, lingüísticas, emocionales...). Además se sobreentiende que las personas somos todas iguales en los aspectos fundamentales para la vida social; en derechos, en obligaciones y en oportunidades. Junto con eso la moral antimilitarista presupone también que las relaciones que constituyen las sociedades deben en último termino responder a los deseos, objetivos y necesidades de las personas consideradas iguales y con arreglo a ciertos criterios de racionalidad, de manera que esto sólo se puede llevar adelante por las vías del diálogo, la discusión, y finalmente la libre voluntad autoconquistada de todos. En la jerarquía de valores la justicia está entonces por encima de los demás. La justicia supone un equilibrio social en base a aquellos presupuestos-axiomas morales; significa que cada cual dispone de lo que puede/debe disponer habiendo considerado el conjunto de personas que es la sociedad (que es algo más que la suma de las partes). Se entiende que ese equilibrio nace y llega a ser tal por el ejercicio de la libre voluntad de quienes participan de lo social. Con violación o forzamiento no consideramos que el equilibrio sea justo. Por eso la libertad es un valor necesario pero supeditado al de justicia. La libertad de un individuo sin atender a justicia alguna puede convertirse en fascismo y atropello de los derechos si coincide que su voluntad se pone por encima de los proyectos de los demás. “Libertad” es un concepto impreciso y difícil de apresar. En cualquier caso ser libre no es un objetivo político, sino más bien el medio para que se desarrolle una política justa. Es más una condición para que se produzca lo político pero no un objetivo de la política. Si ejerzo mi libertad al máximo me pongo por encima de otras personas y obstaculizo el equilibrio. Se trata de desarrollar una situación justa. Quien más fuerza tiene en una sociedad es el ejército. El ejercito más fuerte es quien más se puede imponer en el mundo sobre el resto. Si la sociedad debe autoconstituirse y desarrollarse con arreglo a la justicia y gracias a la libre voluntad (física y de conciencia) de quienes la forman, quien amenace con la fuerza armada está en frente de ese proyecto social. La lucha antimilitarista lleva por debajo (mejor o peor definido) ese proyecto. Esta moral basada en la mayoría de edad, en la igualdad (que implica justicia) y en la libre voluntad (que implica capacidad lingüística de entendimiento y ausencia de amenaza de violencia) es una moral ilustrada. Es una moral no nihilista que cree en el Antrophos, y activa.

        La irracionalidad implica arbitrariedad, y si la arbitraria voluntad de unos se impone sobre la de los demás se cae en el fascismo. La voluntad impuesta fascistamente requiere de la fuerza física (o psicológica muchas veces) para llevarse a cabo y, en el orden superior de los Estados, esta se cosifica en la policía y en los ejércitos. La sola existencia de militares organizados, entrenados y preparados para violar, matar y destruir señala la inexistencia de una sociedad organizada políticamente según la moral antes apuntada. Por eso el antimilitarismo como movimiento de lucha que defiende una sociedad civil, adulta, justa y libre es necesariamente antifascista. Es evidente que no basta con atacar a los ejércitos; además hay que defender una mayor inversión en educación, cultura e instituciones que ayuden a lograr cotas mayores de dignidad y autonomía. (La autonomía conquistada con arreglo a la justicia se opone al autoritarismo). Esto requiere de mayor inversión en gastos sociales; sanitarios, educativos, de vivienda, acceso a la práctica del arte, etc... Y si se observa que de todos los gastos de un Estado, el mayor de todos ellos es el destinado a la guerra, es decir al ejercito, a la investigación tecnológica para desarrollo de armas más sofisticadas, a munición, etc... entonces es natural que los antimilitaristas defiendan la eliminación de esos gastos y su reorientación hacia fines sociales como los antes mencionados.

        Pero en el antimilitarismo subyace una intensa contradicción sobre la cual me gustaría llamar la atención ahora. No voy a poner en duda las intenciones ni el buen trabajo de quienes militan o han militado en los últimos años en este movimiento. Pero sí me gustaría apuntar algunos problemas que veo que se plantea en el caso del antimilitarismo.



    La tensión insalvable


        “Entonces todo esto para qué. ¿No sería más sencillo abolir los ejércitos, dejar de fabricar armas y utilizar todo el dinero malgastado en gastos militares para fines socialmente provechosos? Porque, a fin de cuentas, ¿de qué nos defienden los ejércitos?, ¿de posibles enemigos como Marruecos a quien, por cierto, el Estado español vende armas? Pero mejor sería preguntarnos primero ¿de qué queremos defendernos: de ese enemigo hipotético o del paro, la exclusión, la pobreza, el problema medio ambiental, la desigualdad de género...? [...]” Josune Garciai


        Tales preguntas resultan ingenuas, o cuando menos retóricasii; como si fueran preguntas ante las que no se esperara respuesta alguna o que solo se pronunciaran por el hecho mismo de hacer patente su evidencia. Y sin embargo interrogantes que nos dirigen a lo más radical de la pregunta por el orden material de nuestro mundo contemporáneo. Lugar en el que lo descriptivo y lo prescriptivo casan generando la irritación necesaria a cualquiera medianamente atento a los acontecimientos. Pues no se trata de tener un ejercito para defenderse de otro ejercito o posible enemigo militar clásico. Esta guerra no es una guerra al uso, con campo de batalla, trincheras y posiciones. No, se trata de algo mucho más sutil a la vez que bestial. No hay un temor explícito a este o aquel otro Estado, ni se trata de un roce puntual de intereses entre dos países vecinos. Para eso esta la diplomacia. Si el enemigo fuera un Estado concreto la cosa podría incluso solucionarse por vías semi-políticas. El problema es que el enemigo es el resto del Mundo. Quien no comprenda esto no comprende la situación real. Se trata de una guerra abierta pero contenida a un mismo tiempo, una gélida contienda declarada por parte de las sociedades opulentas, (las del derroche y el gran poder científico-tecnológico) a todos los demás. Pero seguimos negándonos a ver; formamos parte de una porción mínima (15%) de la población mundial que somete al resto (85%) a la servidumbre y la miseria. Nosotros lo consumimos todo, lo derrochamos, desechamos lo que ese resto harapiento nos sirve. Al fin y al cavo, nosotros somos quienes tenemos la sartén por el mango o, si se prefiere, la correa que les asfixia agarrada con las manos. Y lo hemos conseguido nosotros solos, sin ayuda de nadie más, esto es, sin otro a quien poder responsabilizar de lo ocurrido. Manteniéndonos callados como espectadores pasivos contemplando el derrumbe de un mundo que podía haber sido mejor. Preferimos salvarnos y permanecer al margen, (en este margen profiláctico) como pasivos espectadores detrás de los monitores hi-tech de las trincheras espectaculares del confort. La imagen ha engullido nuestro mundo y lo vivimos como si de una mera ilusión sin sufrimiento se tratara. Asumir esta posición de espectadores del crimen y asumir la responsabilidad que nos toca es la tarea crucial de cualquier movimiento por el cambio y la transformación. El Antimilitarismo como movimiento contranihilista (en tiempo de nihilismo) no debe olvidar este problema de base.


        En el numero B de la revista Solïloquïoiii se preguntaba Arnau Matas sobre el porqué de nuestro mutismo ante el silencioso genocidio contemporáneo. -“¿Por qué callamos? Porque callamos”- decía.

        Y es que esta es precisamente, y no otra, la cuestión que debería de preocuparnos. Si tenemos poder e información a nuestro alcance el ramaje de cuestiones que debería de surgirnos es este; ¿Cómo somos capaces de justificar nuestras vidas ante semejante crimen sostenido?, ¿Cómo podemos seguir hablando de cambios sociales, cómo seguir creyendo en el progreso, cómo ser capaces de comer tranquilos cada día celebrando la vida sabiéndonos parte de esta sociedad criminal que somete y aniquila a la inmensa mayoría?


  “Somos extrañamente cómplices del penoso devenir del mundo y lo seremos de su porvenir. Una complicidad que se diluye en el entramado -decimos entramado queriendo decir sistema tecno-socio-político-económico- y al hacerlo nos libera de toda responsabilidad. Y así lo legitimamos y cerramos el círculo de la ignominia.” Arnau Matas


        La guerra del antimilitarismo militante contra las armas no pueden omitir estos problemas de base. Problemas objetivos, problemas políticos, problemas éticos. Un claro ejemplo nos lo dan las movilizaciones contra la invasión y guerra de Irak que tuvieron lugar en todos los países occidentales allá por el 2003. Desde hacía mucho tiempo, y tal vez por primera vez en la historia contemporánea, una absoluta mayoría ciudadana de las sociedades opulentas movilizándose y manifestándose contra una guerra injusta; grupos de muy diversa procedencia social e ideológica coincidiendo en que no se podía justificar una guerra tan injustificada. De la noche a la mañana todo el mundo se convirtió en antimilitarista. Pero ¿qué significaba esto? ¿Cuál era el alcance de lo que subyacía a estas manifestaciones?. A mi parecer el significado de este gran fenómeno hay que buscarlo en la mediatización que produjo una toma de conciencia momentánea, fragmentada y violenta del estado de las cosas a nivel mundial. Momentánea porque sólo podía durar por un breve plazo de tiempo sin entrar en delirios esquizofrénicos (pues no se puede permanecer sanamente en ambos lados a la vez, en el de quien mata y en el de quien muere). Fragmentada porque sólo veía una parcela pequeña, la punta de un inmenso iceberg. Y violenta porque esa conciencia aislada, fragmentada, momentánea rompía por un instante la placentera burbuja en la que estas ciudadanías se instalan para sobrevivir a lo atroz del crimen perpetuo del que participamos. El problema es que al terminar las movilizaciones mediáticas casi todos los manifestantes corrieron a comprar gasolina, que, por supuesto exigían que fuera más barata. Vivimos en una sociedad delirante que es capaz de mantener un discurso progresista y pseudo-crítico y al mismo tiempo exigir consuetudinariamente el derecho a gasolina barata y teléfono móvil nuevo cada cuatro meses.


        La tensión que en el antimilitarismo se plantea es la de la “dominación indeterminada” que decía Arnau Matas, la del inocente culpable que perdido en una realidad fragmentada, moviéndose desde el mapa quebrado que nos devuelve la pantalla, pretende transformar su entorno sin considerar la globalidad problemática del paisaje político mundial. El antimilitarismo como movimiento sólo se da en sociedades capitalistas tecnológicamente avanzadas y post-industriales, es decir, en aquellas que requieren la esclavitud del resto, en aquellas que no podrían ser como son si las demás trataran de seguir su mismo camino (a nivel de consumo por ejemplo). Cosa que por cierto está ocurriendo. Y en ese camino hacia la aniquilación el grito del antimilitarismo resuena más como el aullido desesperado de alguien que se ahoga que como una lucha viable de cambio.

        Porque no basta con pedir que los ejércitos desaparezcan, decir que no sirven de nada, o preguntarse de qué nos defienden. Se requiere de una crítica mucho más radical y realista que tenga desde la base la pretensión de crear nuevas formas de vida radicalmente distintas a las que sostienen el entramado laberíntico en el que perdemos nuestras culpas como “inocentes culpables”. Se trata de crear modelos de vida que puedan ser compartidos por todas las personas. Se trata de trabajar por desarrollar una sociedad fuerte sobre los valores de igualdad, justicia y libertad volitiva que están en la base del movimiento y, tal vez, ampliar el espectro de los mismos de forma crítica. Recuperar esos valores políticos encaminándolos hacia nuevas y creativas reivindicaciones y formas de comportamiento. Porque de nada sirve denunciar la existencia de ejércitos en Europa y por otro lado reivindicar con las costumbres las formas de vida que necesitan de la fortificación militar que las aíslen de los sometidos que las mantienen. Por supuesto que me parece necesaria y digna de reconocimiento la tarea de denuncia y oposición a las políticas militaristas llevadas a cabo por los gobiernos de nuestros países. Sobre todo cuando se hacen evidentes las contradicciones con respecto a los discursos pseudo-pacifistas y de corrección política con los que pretenden seducir al electorado. En Euskadi, sin ir más lejos, se dedican a la industria armamentística numerosas empresas que además reciben dinero del gobierno vasco y del gobierno central de Madridiv. Estas empresas elaboran minas antipersonales, balas, pistolas, explosivos y tecnologías sofisticadas para misiles, por ejemplo, que van destinadas a Estados asesinos como Israel y a otros menos poderosos; todo ello, sin duda, para cometer crímenes. Sin contar, además de estos países receptores oficiales, todo el tráfico negro y oculto. Esta hipocresía de partidos como el PNV, el PSOE y otros, debe ser atacada frontalmente. Y en ese sentido la militancia antimilitar se presenta como frente de lucha obligatorio. Y sin embargo creo que pone en evidencia por esa tensión interna entre el activista (su forma de vida, su procedencia) y las consecuencias radicales de las exigencias contra el orden.



    Mentira, capitalismo, imperialismo


        Porque al fin y al cabo, lo que esta poniendo en solfa la actitud contra el militarismo es el orden mundial desde sus pilares mismos. Nos obliga, con todas sus contradicciones e inconsistencias, a reconocer una vez más lo insostenible de este modelo de sociedad (moralmente, ecológicamente, económicamente, políticamente) y su fundamentación sobre los pilares de la violencia militar en último termino. Nos obliga a reconocer que el problema de la guerra permanente es un problema de injusticia radical sostenida bajo tutela militar. El antimilitarismo no debe confundirse con el Pacifismo. este último, mucho más de raíz “religiosa”, rechaza la violencia misma en sí, y esto conlleva un rechazo a la defensa o una aceptación del sometimiento al más fuerte y criminal. El pensamiento antimilitar se opone a la mentira y debe denunciar en último término la farsa del espectáculo. Es a causa de una situación de injusticia constante e inaceptable (que pone en cuestión el supuesto ideario ilustrado que los Estados dominantes dicen oficialmente mantener) que hay amenaza permanente de guerra, es por eso que hay miedo al otro que viene a destartalarnos el orden de casa, es por eso que solo sabemos imponernos por la fuerza y ampliar la altura de las murallas militarmente. Rechazar el orden existente pasa por atacar su estructuración militar, la monopolización de la fuerza que reposa en los ejércitos, y eso en muchas ocasiones requiere de la violencia. Por eso el pacifismo no sirve, pues no se enfrenta a la realidad. Porque los pueblos indígenas, los explotados (por ejemplo), tienen en último termino la obligación de defenderse y rebelarse por todos los medios ante la injusticia.

       Por último el antimilitarismo debe ser profundamente anticolonialista y anticapitalista. Se reconoce la importancia del colonialismo en la creación de riquezas y ampliación de la producción a base de explotar al otro, a base de esclavizarlo convirtiéndolo en mero medio para cumplir nuestros objetivos y ampliar nuestro capital. El militarismo posibilitó el acceso a nuevas fuentes de recursos, la ampliación de mercados para dar salida al excedente, y sólo gracias a él pudo el capitalismo “triunfar” como modelo económico y social. Lo mismo exactamente que hace hoy día toda empresa que pretenda ser competitiva; explotar y esclavizar a la mayoría en beneficio de una opulenta pantagruélica minoría. El mito alimentado por los apologetas del capitalismo de que esta es la única vía posible (así lo demuestra su victoria según ellos), de que el capitalismo es el único modelo que funciona se ataca denunciando su descanso en las distintas formas de colonialismo (basado en la fuerza militar). Porque el problema radical contra el que se enfrenta en último término el antimilitarismo es el totalitarismo capitalista y su ideología, que perpetúan la injusticia, que por mucho que la rechacemos sigue asomando cada día en las altas vallas de Gibraltar o en las factorías chinas que nos traen la baratísima ropa de usar y tirar.

    IZASKUN IBARRA (a.k.a. A.Izagirre) MARZO 2006

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iPublicado en http://euskalherria.indymedia.org/eu/2005/06/21356.shtml

iiUsamos el término en el sentido vulgar de engañoso, no en el sentido filosófico más preciso explicado en el artículo de esta misma revista de Ines Calvo, ver.

iiiArnau Matas Morell “Tristes Tópicos”, en Revista Solïloquïo_B, FieBre, Otoño 2006.

ivPara una infromación más detallada sobre la fabricación de armas en euskal herria ver:

https://listas.sindominio.net/pipermail/okupamugi/2004-November/000886.html

http://www.nodo50.org/informacion-objecion/NI%20UN%20EURO.htm

http://www.llistes.pangea.org/pipermail/infomoc/Week-of-Mon-20011231/000757.html

http://www.nodo50.org/derechosparatodos/Areas/AreaDC1.htm

http://gabone.info