BORDES DE MEMORIA, MEMORIAS DEL BORDE Unas notas marginales sobre Ertz (1) Acababa de descubrir definitivamente la música hecha con cualquier cosa, metía sesiones largas en mi habitación con una mesa de mezclas, una minicadena vieja, varias pletinas de cassete y un viejo amplificador de guitarra. Me sentía muy a gusto, cómodo, y empezaba a conocer a ciertas personas con las que podía compartir esos ruidos (aunque fueran pocas y a veces los detestaran). Entonces oí hablar de un concierto ininterrumpido durante 24 horas, en Bera. Mis referencias a ese pueblo eran las típicas; frontera, contrabando, ventas, balcones con flores rojas, crimenes sin querer ser esclarecidos... y de pronto la música. Era extraño, un pueblo tan pequeño, fuera del radar de las modernas propuestas de las capitales candidatas a capitalidades. Y sin embargo parecía que allí, en los bordes del radar, se estaban proponiendo juegos potentes e interesantes, los que yo necesitaba en aquel preciso momento de cierta urgencia. (4) Acabé informandome del qué y el quién y desde entonces no he dejado de seguir las huellas de todo lo que ha ido ocurriendo. Creo que tardé un par de años en poder asistir al festival, y es curioso que tampoco sentía la necesidad de estar esos días allí, ya que para mí Ertz ha sido desde aquél primer descubrimiento, mucho más una plataforma activa durante el resto del año que un evento concentrado de una semana. (6) Al final, un tiempo despues de rastros, de breves contactos, acabé por asistir al festival. Recuerdo esa experiencia de ir acercándote al pueblo por la antigua carretera, limando todo el tiempo ese borde-bidasoa, siguiendo el rio tan lleno de memoria, de tensión política y militar, de accidentes. Pero aquella vez se trataba de arte, de música, de músicas. Este factor frontera, el sentimiento de control y de vigilancia de la zona me han parecido desde entonces muy estimulantes a la hora de estar ahí asistiendo a las invitaciones de un grupo de jovenes artistas que regularmente nos han ido convocando en la periferia. (7) Cuando alguien llega por vez primera a un espacio social nuevo se siente extraño. Es ley de vida. La extrañeza que he sentido yo en Ertz ha sido extraña a su vez. Me sentí ageno pero invitado, extranjero pero local, con nombre propio y sin nombre. Y creo que esa es una de las señas de Ertz; una extraña familiaridad agena, con reflejo en la gente, en los espacios, en el tiempo. (11) Algunos festivales estan super centrados en un típo de música, o incluso en submúsicas: drone, noise, jazz... se supone que en la música experimental se buscan nuevos resultados, nuevas ideas, libertad. Se trata de experimentar para llegar a ver/oir cosas que no habrías podido vivir antes. Pero si te limitas necesariamente a un único “genero” entonces eres un especialista pero a costa de sacrificar esa experimentalidad. En Ertz he encontrado algo muy interesante en este sentido y es que hay una apertura a propuestas casi casi vengan de donde vengan. Hemos podido asistir a conciertos de rock, teatro, improv., noise, pop, y otras cosas sin nombre. Lo mismo ha ido ocurriendo con los espacios. La movilidad de los lugares (unos días aquí, despues allí, este año alli no, pero sí aquí, etc.), el no estar atado a un único escenario, ha hecho que se haya guardado siempre un nivel de frescura muy estable. (13) En los años que ha vivido Ertz como grupo y como festival hemos ido asistendo también al crecimiento de muchas otras personas que han empezado a hacer músicas (y otras cosas). Yo he sido una de ellas, y en ese camino me he sentido al menos acompañado, me he sentido en un entorno de personas realmente adecuado para hacer músicas, aprender músicas, compartir músicas. Sin duda este grupo de personas y Ertz han producido retroalimentaciones mútuas, a modo de salpicaduras y contagios. Y esto es seguro lo más interesante de todo. L.Negarti