HACER COMÚN: LA NECESIDAD DE DECIR                                                       | Loty negarti

Publicado en revista SOLÏLOQUÏO_A Primavera 2006 issn: 1885-9879

 

 

[Estas palabras que siguen podrían sonar inocentes e incluso triviales. Pueden sonar a algo ya sabido por todos/as. Sin embargo, pienso que es necesario decirlo. Quienes pertenezcan a otras generaciones mayores o quienes no tengan contacto directo con sectores juveniles quizás no puedan comprender que asistimos a un empobrecimiento brutal de la capacidad de expresión, que se manifiesta en el simple fenómeno de una dominante ausencia de voces orientadas a construir espacios o proyectos comunes.]


Lo importante es decir. Al menos como punto de arranque; para empezar hablemos. Esto que puede sonar a trivialidad es de suma importancia ahora para quienes tratamos de abrir lugares comunes que en principio sólo tiene de común ese deseo de ser de todos, de “ser común”. Lo que trato de explicar incumbe sólo a los potenciales participantes, nada de público pasivo, nada de espectadores criticones, no. De lo que hablo es de hacer un lugar para quienes lo hacen, hacer un espacio abierto (grandes ventanales; para mirar afuera, para hablar, pedir, preguntar, escuchar e invitar a subir), pero a su vez cerrado (puerta blindada con mirilla; mirilla para ver, preguntar, filtrar y por ultimo dejar el paso sólo a quienes vengan con ganas, con disposición de hacer común). Hablamos de lugar en construcción, en proceso móvil, indeterminado aunque determinándose a cada paso.

Que no se entienda que elogiamos la indeterminación, la eterna ambigüedad descomprometida. Hablamos de fundar cosa común, de GRUPO. Pero grupo que no esta predeterminado por una esencia áurea sino grupo que se determina, que decide lo que es según va construyéndose a sí mismo en el tiempo de la acción.

Cuando nos planteamos formar grupo suele ser grupo para algo. Se establecen previamente unos objetivos a conseguir. Así surgen las sociedades gastronómicas, los coros, los partidos políticos, los sindicatos, los grupos de montaña o de deporte, y en último término la sociedad como conjunto global de seres preocupados por vivir juntos, etcétera. Saben qué es lo que quieren lograr y hacen grupo para ello. Es de sentido común que así sea, pues, un grupo para nada concreto ¿Qué es?, ¿Por qué surge?. Seguramente no exista nada semejante y, de existir es simplemente el grupo de amigos. El grupo de amigos (aquí cuadrilla más o menos) es de naturaleza especial, algo distinta a las anteriores, no se abre fácilmente a nuevas incorporaciones, requiere de unos protocolos extraños; hay que compartir el interés mutuo por jugar conjuntamente, continuamente, estar decidido a compartir el ocio general (no especifico como en un equipo de fútbol, sino el ocio abierto a cualquier ocurrencia).

Aquí no hablamos del grupo de amigos, ni tampoco de una asociación de la forma de las anteriormente mencionadas con un objetivo tan claro. Pero entonces ¿de qué?.

Bueno, hablamos de un grupo con un objetivo pero sin precisar en su contenido. Un objetivo formal. Forma que definen una serie de elementos; Construir algo conjuntamente, hacer común; exclusión de quienes no participan, de quienes no están en la acción; libertad de propuesta; obligación de hacerse entender, de hacer de todos/as el proyecto haciendo entender (sobrentender que los demás son seres como cada cual, que llegan a comprender, cuyas conciencias funcionan bajo unos parámetros similares, si no idénticos, y que entrando en esos parámetros compartidos, se hace cosa común nueva. Cuales sean esos parámetros no es sitio este para explicar, se capta intuitivamente con la figura de quien revienta una reunión por no entrar en el marco de la comprensión; racionalidad, claridad...); obligación de explicarse; supresión de cánones de belleza, calidad o rectitud en las propuestas y las prácticas (ensayos, experimentos comunes), aceptar la necesidad de superar prejuicios estéticos (esteticistas) de lo mejor y de lo peor (lo más bello, lo mejor, será aquello que se propone, se presenta en acción a los demás con intención de compartir; prohibición de acciones para el interés meramente individual; conciencia colectiva, conciencia de lo publico.

El contenido viene después dado en la creación compartida. Es mutable, transformable, sujeto a cambio, a destrucción, a recreación. Pero la forma no, pues para hacer este espacio del que hablamos se requiere de esa forma; ella da el sentido al grupo.

Para esto, se ve claro, lo primero, lo importante, como eje de arranque es decir. Decir como acto de expresión verbal, no importa que se haga mal, que no se sepa como, que no se domine el decir, o que carezca de las propiedades de la belleza o el estilo refinado. A todo eso se llega en la acción, en la práctica de escuchar, redecir, decir, hacer. Lejos de idealismos y que consideran el pensamiento como algo puro dado en la mente solitaria y que luego se comunica en una pulida y refinada expresión verbal, para la construcción de grupo como aquí pensamos es necesario pringarse. Pasar a la acción de expresarse. Para pringarse hay que equivocarse, hay que hacer mal, confundirse. Pero siempre que la forma indicada de grupo sea fuerte no pasa nada. Hay que ensuciarse la lengua en maldecir y asumir los comentarios que lleven la practica a terreno común.

Estamos precisamente en ese punto, o vamos hacia él. En tiempo de explicarnos los/as unos/as a los/as otros/as. Lo demás viene después. Empecemos a decirnos mutuamente, después, desde ahí, desde esa acción inicial y fundacional de decir a los demás saldrán otras acciones. (Acciones a las que queremos llegar, para eso hablamos).

No se trata de decir “bien” (bonito) ni de tener clara consciencia de lo que será expresado en el habla. Simplemente se dice, se dicen cosas que cada cual considera importantes o considera necesario materializar en palabra (Hacer palabra). Después poquito a poco, se termina por llegar a lo que se quiere expresar (pensar) con precición. Pero a ese lugar solo se llega empezando a decir.

Decir quién soy, decir dónde estoy, de dónde vengo, a dónde quiero llegar, decir dónde veo que están los problemas, decir lo que me inquieta y me interesa, decir lo que deseo, decir lo que rechazo, decir lo que me aterra y lo que me alegra, o, simplemente, decir que no se qué decir tratando de explicar por qué no sé que decir.
Hay varias formas de decir cosas; se puede decir hablando, se puede decir escribiendo, y luego, también, se puede hacer de muchas maneras hablando y de muchas maneras escribiendo.

Siempre ha habido lugares para expresar libremente y buscar así a otros (con los otros) para construir lugar (cosa) común. Porque el objetivo final del decir libremente, tal y como aquí se entiende, es el hacer común; la acción de expresar (pensar) con el lenguaje para llegar a otras acciones en el mundo.

Hablado esta bien, pero es más rentable hoy, más operativo el decir escribiendo; la escritura. Escritura y oralidad, tensión que se neutraliza si entendemos que ambas se complementa alternativamente en la practica. En nuestra visión se complementan, una deja fijado (el texto), la otra lo comenta (pone en movimiento) más libremente, comenta, saca ideas que vuelven a la escritura de nuevo para volver a ser comentados.

Está aquí, nace con este principio la filosofía (aunque no se agota en ello, sí empieza con ello desde luego), el pensamiento filosófico. Cuando no hay opción de decir libre y publico para cada uno/a, no hay filosofía aún. Esta también la ciencia; apoyada en los textos como ejes para la difusión y critica de los resultados, hacia nuevos resultados mejores, compartidos, mejor compartidos.

No sólo en estos dominios se nos aparece. Decir es un instinto humano. El humano como ser lingüístico, ser social, ser político. Hay una naturaleza social en el lenguaje, y una naturaleza lingüística en lo social. Debemos explotar este recurso de nuestra condición. Hay que pulir la acción de decir, habituarse a ello, aprender a decir a los demás, aprender a entenderse en el decir primero, y no de otra manera.

En todos los ámbitos de dedicación propiamente humana recurrir al decir. Pues todos los ámbitos propiamente humanos de acción, necesariamente son del interés y deberían inquietar, interesar, preocupar a los demás. Al final, se trata de entender el mundo, de entendernos entre nosotros situados en él. Nos entendemos en el grupo, haciendo grupo; el grupo al mismo tiempo se construye cometiendo acciones. Necesitamos decir en todos esos ámbitos de acción (sobre ellos, para ellos) propiamente nuestros como personas, que no son propiamente lingüísticos. Decir en arte, en música, en diseño, decir sobre nuestros hábitos, sobre nuestras costumbres ; ofrecer explicaciones inteligibles a los demás sobre nuestra(s) acción(es) en el mundo, hacer política.

Todo esto puede resultar trivial, algo ya sabido. Pero resulta que estamos en tiempo de escasez en el decir sobre nuestra(s) acción(es). Hay un miedo a decir. No un miedo a decir por cuestiones de orden político, policial, etcétera. Un miedo mucho más sutil a la vez que tremendo. A veces pregunto a personas con las que converso mucho, por qué no se explican sobre esta o aquella cuestión (generalmente cuestiones por las que muestran gran interés personal y preocupación por resolver y por que los demás entiendan también) por escrito, para los demás que pueden estar interesados y salir en ayuda, salir para construir juntos algo nuevo en torno a eso. La respuesta más común; “Yo no sé escribir bien”. Se esconde algo importante tras esto. “Bien” es un término moral; lo bueno y lo malo. Pero se refieren a “bien” en el sentido de rectamente escrito, como se debe de escribir para que este bien hecha la pieza. Es un bien estético. O, mejor dicho, esteticista. Hay en el universo de la escritura que se hace pública (también hay escritura privada y esa no nos incumbe ahora que queremos llegar al hacer común), una escritura “oficial”. Y aunque haya múltiples tipos de escritura, hay sobre todas ellas un cierto esteticismo. No preocupan tanto los problemas estéticos de la escritura como los esteticistas. Preocupa el adorno, preocupa no saber escribir sin el adorno adecuado a las convenciones del universo de la escritura oficial. Las citas, los recursos de decoro y estilo (estilo en el sentido más superficial), el atuendo bibliográfico (el cuerpo bibliográfico que tanto abunda con el solo objetivo de impresionar y no de ayudar), la pomposa erudición dominante… hay un miedo a no dominar estos elementos con vistas a decorar como debe de ser decorado el cuerpo del texto para encontrar acogida social. No debería de ser esto así. Hay que romper estos miedos, y lanzarse a decir cada uno/a en texto desnudo, crudo, sin adorno. Si tenemos claro que hay un problema en una cuestión que es interesante que otros entiendan, compartan, reflexionen. Si hay decisión en hacerse entender y tener claro a quien se dirige uno, entonces lo demás son accesorios que se irán resolviendo en la práctica expresiva.

El caso de los clásicos fancines y medios locales de pequeña tirada pero que respondían a las necesidades de escritura, información e inquietudes de reducidos grupos de interés (estilos minoritarios de música, movimientos sociales como el de ocupación, amantes de los cómics, etc…), y los actuales blogs (algunos de ellos) tan en boga desde los que se escribe, opina, comenta y expresan ideas relativas a intereses de grupúsculos creados en la red Internet (o fuera de ella), nos sirven de buen ejemplo en muchos casos. El caso de los antiguos fancines (editado con medios paupérrimos de forma desinteresada económicamente, llegando en ocasiones a perder dinero y aun así continuar durante varios números) nos sirve como paradigma (aunque no estamos hablando aquí de los fancines. Sólo empleamos este caso como buen ejemplo). Estéticamente anti-esteticistas, anti-decorosos si se prefiere, el fancine responde a las necesidades de escritura y comunicación entre los miembros de un grupo de interés. El grupo de interés ya existe previamente a la creación del medio pero a través de la posterior existencia del mismo se va forjando con una nueva forma, y un nuevo grupo, nueva forma de entender el tema y sus cuestiones circundantes. El fancine tradicional desprecia el decoro y la preocupación asfixiante (tan presente hoy en casi toda producción cultural; en la elaboración de productos culturales), desprecia el refinamiento formal (adorno) en pro del contenido, o si se prefiere, de la eficacia. Ni a nivel de diseño, ni a nivel de la escritura existe esa agobiante obsesión por “escribir bien”, por “hacer bonito”; en el fancine se va al grano, se va directo a la cuestión que lo motiva sabiendo que todos los que participan en su funcionamiento (quienes lo hacen, quienes colaboran, quienes lo leen y hacen comentarios) entienden y comparten esa forma de proceder. Les interesa expresarse diciendo lo que ven, lo que opinan, lo que desprecian, lo que admiran.
Es necesario que repasemos episodios como el de los antiguos fancines y otras manifestaciones de libre expresión lingüística. Es necesario que entendamos que hacer cosa común pasa por decir, por explicarse cada uno sin miedos. Aunque no termina en ello, arranca necesariamente de ello, de decir libremente para construir cosas comunes, siendo el decir mismo (con el lenguaje) una cosa común ya.

El silencio reinante en estos tiempos de pretendida “economía cultural”, la ausencia de voces que hablen directamente (con intención de construir espacios compartidos, por llegar a otras acciones extra lingüísticas con el apoyo del lenguaje) crudamente sobre su entorno de vida, responde a un problema mayor. El problema de la estetización, que lleva a la vergüenza, al miedo, a la inseguridad.|

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